En la pared el reloj marcaba las
nueve de la noche y la partida sería a las doce cuando el barco terminase con
el trasiego de mercancías. Beni Sorolla acababa de dejar en el salón del barco
a sus tres compañeros de la academia de noruego y había subido hasta su
camarote para asearse un poco y descansar y recapacitar en todo lo que le
acababa de suceder.
No había querido contarles nada
por temor a que lo tachasen de loco, porque aunque le faltaba un pedazo de su
vida y eran amigos, no eran amigos de siempre, solo eran buenos chicos con los
que básicamente pensaba que podía realizar un viaje de diversión como ese en el
que se encontraban. En realidad eran sus compañeros de la academia de noruego
allá en Barcelona desde hacía tres años y en esos momentos se encontraban en el
bar del barco felices y ajenos y pretendían tomar unas copas para celebrar que
Beni había conseguido llegar a tiempo antes de que partiese el buque,
aprovechando que habían organizado en la cubierta de turistas una pequeña
fiesta de disfraces para celebrar que era la noche de Halloween.
Mientras él, en el espejo del
cuarto de baño de la habitación observaba su barba incipiente y sus ojeras. Y
entonces volvió a mirar la hora en el reloj de muñeca, y apreció que aun seguía
con el susto en el cuerpo y que aunque absurdo e incomprensible todo había
sucedido de verdad, y había sufrido la noche de Halloween mas terrorífica que
pudiera imaginar, así que le faltaba una parte de su vida o le sobraba según
como lo interpretase.
Se refería a las horas
inmediatamente anteriores, pero en realidad el comienzo de esa aventura se
encontraba mucho más atrás en el tiempo, en Barcelona, en medio de las clases
de noruego cuando la profesora la señorita Berglund una tarde tediosa donde a
nadie le apetecía dar una clase, le dio por contar cosas de ella y de su país.
La recordaba comenzando a hablar
de una manera mecánica de su niñez con la mayoría de los que se encontraban
allí sin prestarle atención, hasta que de repente comenzó a contar otra cosa
mucho mas interesante. La gente pudo apreciar entonces como la emoción le subió
a la voz al hablar de un viaje que por alguna razón la había entusiasmado, y
que parecía guardaba como una experiencia excepcional. Sus ojos se iluminaron y
bautizó lo que relataba como “el más bello viaje por mar del mundo” que según
dijo, por desconocido era aun más extraordinario.
Doce días, seis para ir y seis
para volver duraba el trayecto del “Hurtigruten”, el expreso de la costa que
partía de Bergen para alcanzar el punto más meridional de país, más allá del
círculo polar ártico. Llegaba hasta Kirkenes, la mayor ciudad noruega de cierto
tamaño ya casi en la frontera con Suecia,
desde donde daba la vuelta y emprendía el retorno. Era un viaje que había
realizado cuando era joven y que le caló muy hondo. Hasta ese día la habían
tomado por una mujer algo seca que se limitaba a dar sus lecciones sin
florituras, y que imaginaban que seguramente no se trataba más que de una
solterona aburrida. Con el relato de aquel día cambió la visión que tenían de
ella y aun más, al oírla hablar con tanta vehemencia en todos se contagió el
entusiasmo y ese mismo día se comprometieron a realizar el mismo itinerario al
siguiente otoño.
La señorita Berglund habló de
muchas cosas, lugares que despertaban sensaciones y eran capaces de transformar
una existencia. Aparte minuciosamente les describió de qué trataba el viaje, y
sus escalas:
Las maravillas que encerraba
Alesund la capital escandinava del Art Nouveau, y el aire medieval que envolvía
a Trondheim, una ciudad que durante un tiempo fue la capital de Noruega y luego
durante el trayecto si se tenía suerte se podía disfrutar de la majestuosidad
de las ballenas acompañando el barco. Además, de que la navegación discurría
entre algunos de los fiordos mas hermosos que existen, en donde según dijo
resultaba inevitable rendirse a la exuberancia de la vegetación virgen que
hacía comprender cuan pequeño se era en medio de este vasto mundo.
Los amigos organizaron el viaje
durante varios meses preocupándose hasta por el más mínimo detalle y cuando
parecía que lo tenían todo resuelto, el problema surgió cuando Beni tuvo que
retrasar su partida por unas gestiones notariales imprevistas lo que le hizo
perder el avión de sus compañeros, aunque afortunadamente pudo canjear el
billete por otro vuelo que partía dos días después y gracias a una amable
trabajadora del aeropuerto descubrió que por suerte podría abordar el
“Hurtigruten” en una de sus escalas. Asi que tomó conciencia y se dispuso a
organizar su propio viaje por lo menos hasta alcanzar a sus amigos.
Cumplió con sus obligaciones, y
aunque inseguro por tener que emprender el viaje a solas, tomó el avión con un
molesto cosquilleo en el estómago por la incertidumbre de saber si conseguiría
alcanzarlos según lo previsto.
Unos molestos transbordos, un
taxista que le parecía lo había estafado y unas gestiones donde siempre le
quedaba la duda de si lo que le acababan de decir lo había entendido
correctamente, pero finalmente desde Oslo había llegado en tren por el mediodía
hasta Logarden. Era un pueblecito donde terminaba la línea de ferrocarril,
aunque todavía debía cruzar una sierra que lo separaba de Alstorp, el lugar
donde recalaría por unas horas el barco hasta las doce de la noche de ese día y
que era donde pretendía abordar el “Hurtigruten”. La única manera que tenía de
llegar al puerto era por carretera y el autobús no salía hasta la mañana
siguiente que era algo que ya había previsto, de manera que debía alquilar un
coche que devolvería en la sucursal de Alstorp. Entonces ya solo le quedaba recorrer
tranquilamente las dos horas de carretera por la montaña hasta su destino en la
costa, y por eso se había pertrechado
con mapas y se había informado de que el recorrido era de lo más sencillo por
una carretera solitaria.
Logarden era un pueblecito del
oeste de Noruega con sus casas de madera de vivos colores, envuelto en la
extraña luminosidad del otoño ártico. Este no era un pueblo como los que él
estaba acostumbrado en el Mediterráneo un montón de casas apiñadas alrededor de
una plaza central, aquí el lugar era una calle principal con el ayuntamiento,
un banco y las tiendas y luego mas o menos desperdigadas a una distancia
constante el resto de las casas, que mas guardaban la apariencia de una
urbanización que de un verdadero pueblo. Se le ocurrió que si a alguien se le
terminaba el azúcar debía caminar sus buenos cien metros para pedir una taza al
vecino. Pero en esos momentos solo le preocupaba encontrar el lugar donde
alquilaban automóviles para llegar lo antes posible a la escala del barco. Como
no conocía el pueblo tuvo que preguntar donde estaba la agencia de alquileres,
sin embargo cuando comenzó a preguntar desde el principio apreció la cara que
ponía la gente cuando les decía que quería cruzar la montaña de noche. No
entendía a qué venía todo aquello, y solo un niño que iba de la mano de su
padre mientras preguntaba dijo algo de manera espontánea antes de que su padre
le obligara a callarse. Le pareció que aquella gente guardaba algún tipo de
reticencia con aquello de cruzar la montaña al oscurecer.
.- Pero por la noche en la
montaña encantada le puede suceder como esa gente que se perdió.
Ante esa afirmación Beni mirando
al niño pensó que la inocencia tenía en la verdad uno de sus mayores pilares.
.- ¿Pero que pasa, es que hay
bandidos o algo así?- se atrevió a preguntar Beni, aunque le pareció que a esas
alturas de siglo en un lugar civilizado le pareció absurdo, bandidos como en el
siglo diecinueve en sierra Morena, pero el hombre lo sacó de dudas con su
contestación:
.- No, creo que no, sin embargo
nadie sabe porqué la gente si pasa por esa carretera de noche nunca llega al
otro lado – Beni se inquietó pero solo fue un instante, el de razonar que
aquello no tenía demasiado sentido.
Siguiendo las indicaciones que le
habían dado llegó a una agencia con letras verdes en una calle principal, y
allí le dijeron que era muy sencillo y que podía entregar el coche en su ciudad
de destino donde existía otra sucursal, pero la curiosidad de Beni por lo que
el niño había dicho, hizo que le preguntara al dependiente:
.- Por cierto ¿que hay de verdad
acerca de que esa carretera es peligrosa de noche?
.- No le puedo decir demasiado yo
soy de la capital y llevo aquí solo un par de meses, y sé que algo comenta la
gente pero ya sabe como son de supersticiosos en los pueblos esa carretera no
es mas peligrosa que cualquier otra del país, puede ir tranquilo es un
recorrido precioso e incluso si tiene suerte podrá vislumbrar la aurora boreal.
La explicación del dependiente lo
convenció, porque otras veces ya había escuchado cosas como aquella en pequeños
pueblos que tenían como simiente la incultura de la gente, y comoquiera que
tenía que pensar en otras cosas pronto se olvidó de todo y se dijo que había
muchas cosas de las que podría disfrutar, y que sólo encontraría allí como la
Aurora Boreal. Por las cosas que había leído acerca de Noruega para informarse,
sabía que la Arora Boreal se trataba del viento solar que en aquellas latitudes
en las capas altas de la atmósfera cuando iba a velocidades altas, generaba
haces de luz de colores verdes, anaranjados, amarillos violetas... y en
definitiva al parecer era algo bellísimo que cualquiera no podía disfrutar, por
lo menos en países mas al sur.
Le dijeron que debía llenar el
depósito de combustible a pesar de que no utilizaría más de una tercera parte,
porque para viajes por carretera era obligatorio por ley ya que por la
climatología era relativamente frecuente que la gente se viera sorprendida por
una nevada y le pareció una ley coherente. Era tarde y pensó en comprar algo de
comida para tomársela a medio camino y así salir lo más pronto posible y compró
bacalao rebozado y patatas fritas en una bolsa de papel plastificado. Mientras
estuvo esperando no pudo dejar de oír a
pesar de su rudimentario noruego y del endiablado acento del cocinero, como
este le contaba a un parroquiano que algunas personas unos días atrás habían
visto luces sobre la montaña. Beni no entendió muy bien a qué se refería pero
se imaginó que debían estar hablando de la Aurora Boreal y creyó que con un
poco de suerte se tropezaría con una.
El coche era un familiar de
cuatro puertas que después de comprobar que el ruido y el tacto del volante
eran buenos, intuyó que iba a ser un recorrido sin mas importancia. Para un
hombre como él que no sabía de mecánica, quería creer que el aspecto exterior
de un coche se correspondía con el interior, y que si la tapicería estaba
impecable el motor debía encontrarse más o menos igual.
Estaba ansioso, pero el la
consideraba una ansiedad sana, una emoción que lo rejuvenecía y sin mas
dilación se puso en camino.